Martes 20 de Octubre del 2020
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Publicado hace 5 años
Every Time I Die
Crónica de su concierto en Barcelona

El pasado 16 de junio, Barcelona acogía otro de los conciertos que forman parte de la batería de eventos que Rockzone, con motivo de la celebración su décimo aniversario, tiene programados a lo largo de 2015. La sala Bóveda ponía el escenario, mientras el metal-core definía el estilo en un cartel generoso que incluía a tres bandas como predecesoras de los verdaderos protagonistas de la noche: Every Time I Die. “From Parts Unknown”, su último disco, tenía la oportunidad -por fin en nuestro país-, de ser defendido sobre las tablas tras las buenas críticas y la ilusionada acogida que ha tenido por parte de los fans. Los neoyorquinos cuentan casi veinte años de carrera, y la fidelidad a sus ideas se ha cruzado con el buen estado de salud del metal-core actual -de importante calado en nuestro país-, correspondido en esta ocasión con una notable asistencia de público al evento –pese a haberse programado en martes-. Todo tenía pinta de ser un festival agresivo, con el espíritu deportivo que caracteriza esa especie de melee punk en la que deviene el metal-core y el ambiente fraternal contagiado por la piña que se forma al compartir gustos con bastante gente. Además, Every Time I Die llevan consigo una buena reputación en cuanto a la fuerza de sus directos. Y aunque la experiencia como espectadores de eventos de cierto renombre internacional normalmente nos hace esperar un evento bien atado y calculado, había margen para desear algo inédito sacado de la chistera de los de Buffalo. Y en efecto, por documentados que acudiésemos allí, salimos de Bóveda con un marcado sentimiento de haberse producido un antes y después tras haber podido verles en concierto.

Los australianos In Hearts Wake cumplieron, en consonancia con los no pocos espectadores que les esperaban, el papel de encargados de romper el hielo. Fueron los mayores aliados de los tramos vocales melódicos, a cargo de su bajista Kyle Erich, mientras Jake Taylor acompañó los breakdowns y el ritmo pesado con su voz profunda. Counterparts, por su parte, fueron los encargados de dar cierto empuje y velocidad a la tarde, mientras el público ya bailaba desatado, llegándose a producir algún que otro malentendido entre el personal de la sala y algunos asistentes.



De las guitarras afiladas y aceleradas de la banda anterior, Stray From the Path pasó a disonancias propias de la vanguardia post-hardcore combinada con sus dejes rap -junto una inconfundible influencia de Rage Against the Machine-. Drew York sabe sacar jugo de sus referencias, al tiempo que ofrece un espectáculo que enciende el ánimo y renueva energías para que el plato fuerte del evento sea recibido como merece.

Llegó la hora y “Underwater bimbos of Outer Space” –del disco Ex Lives (2012)- espoleó a Every Time I Die para dar comienzo al concierto. Los neoyorquinos iniciaron su set con un plus de energía. Un imponente despliegue de guitarreos sordos, secos, con los cantos desgarrados, agudos, de Keith encarando a sus seguidores. Si las canciones de su penúltimo disco sacaba a relucir los tramos vocales más reposados, “New Junk Aethetic” (2009) aportaría el material más pesado para justificar las coreografías de los guitarristas y bajista. Nada de poses, para nada una expresión fría, pero tampoco demasiadas sorpresas. Un concierto concreto y profesionalmente plasmado.



Fue entonces, y tras la presentación de los singles de “From Parts Unknown” (el relámpago “Thirst” y “Decayin' With the Boys” -con su exhuberante estribillo-), que surgió aquello que se clavaría en la memoria y se echaría de menos para siempre. Es complicado catalogar cuánto tiene de premeditado lo que despliega Every Time I Die en el escenario, y cuánto surge de manera espontánea de la propia banda. Visto con cierta perspectiva, quizás algo tan emocional como el dejarse llevar por la música que te apasiona sea la respuesta a ese interrogante. Algo que se percibía como un círculo vicioso de caos y locura, traducido por los cabezas de cartel en transgresión, devolviendo a la escena parte de la esencia que tantas veces se evoca como desterrada. Un código indescifrable que solo puede surgir de quien razona bajo el escape de lo estipulado.

El citado caos tuvo un colaborador, un sonido deficiente que se empeñó en retirar la voz de Keith Buckley a pesar de sus esfuerzos. Ese enmudecimiento del micrófono pareció un “clic” para que Jordan Buckley, hermano del front-man y guitarrista, desatara una conducta incendiaria. El concierto derivó entonces en un recital instrumental -en claro mérito del quinteto aprovechando lo inesperado- llevando al extremo la capacidad física de la banda, con más velocidad y (espectacular) sensación de atropello en comparación a aquello que podemos escuchar en sus grabaciones de estudio. Lo calculado pasó a la filigrana, y Keith Buckley optó por enfatizar sus posturas sensuales, patadas voladoras y tumbadas en el escenario. Y durante esa traca de explosiones, Jordan pateó un amplificador hasta hacerlo caer del escenario, cogió cámaras de fotos de compañeros para, tras disparar, dejarlas caer sin mirar a los ojos a los fotógrafos, y asió varias personas con la mano que normalmente se desliza por el traste mientras seguía rasgando con la púa (generando así mayor sensación de caos). Todo con una mirada perdida, desatada, y entre reprobaciones del personal de la sala. Sin sacrificar expresión musical, porque sus punteados se clavaban como agujas, puso cara y cuerpo al as guardado en la manga de Every Time I Die. Mejor dicho, un naipe que saben que pueden jugar si la ocasión lo requiere, pero del cual no conocen su palo. Una pequeña dosis de aleatoriedad que les sumerge en una vorágine impredecible. Un gesto valiente que busca escapar de la rutina.



“Moor” reconcilió a Keith Buckley con el sonido de micrófono, y permitió al cantante mostrar su talento antes de cerrar el bolo. Jordan llevaba minutos sentado ante sus pedales vertiendo varias botellas de agua en su nuca. Al mirar el reloj nos dimos cuenta de que Every Time I Die no necesitó más de 50 minutos -sin bises, y que no hagan nunca- para marcarnos a fuego de por vida. Se suele decir que todo el mundo, al desnudarse, pierde; y esa tarde la imperfección estaba presente y no había escapatoria, pero la banda supo darle la vuelta y se ganó algo que merece un sonoro aplauso. En lugar de bañar su producto en neutral diplomacia para ser un agradable vendedor, los de Buffalo hicieron arte alfarero con el lodo. Acorralados entre el público y la pared, el ataque es la mejor defensa, a la desesperada. Fueron una bestia que, arrinconada, es más peligrosa. Una criatura que tras la pelea encuentra la paz. Y en nuestras retinas aún permanece la imagen de Jordan aún sobre las tablas, en postura fetal, con su guitarra en el regazo, un par de minutos tras la marcha de Keith y compañía. El escenario murió esa noche y no sabremos que deparará cada vez que resucite con estos músicos encima.



Fotografías realizadas por Juan León para Todopunk.com
Puedes ver la galería completa haciendo click aquí.

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