Jueves 03 de Diciembre del 2020
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Publicado hace 3 años
The Maine
Crónica de su concierto en Barcelona

El pasado 29 de septiembre, Hello Cleveland nos ofrecía una nueva cita en su ya sala fetiche, Bóveda. Esta vez, The Maine, una banda de Arizona que de primeras parece pop rock sin riesgos para adolescentes que no pagan facturas, volvía tras un lustro desde su primera visita al país. Una primera cita tan lejana que nos indica que The Maine se ganó, hace mucho, una bae de fans respetable en la península; y, sin embargo, la cita que hoy nos ocupa nos confirmó, no sin sorpresas difíciles de valorar, que The Maine sabe dar un extra a los que se acercan a sus bolos. La excusa, por supuesto, es presentar su sexto disco, “Lovely Little Lonely”, pero lo que traen The Maine en la furgoneta son muchas cosas más.

Al entrar, nos llevamos el primer imprevisto, todo y que este concierto estaba programado en el, posiblemente, fin de semana más raro de la década en Catalunya -Violets cancelaría ese mismo fin de semana su cierre de gira en Rocksound-, fue el hecho de comprobar la mayoría anglosajona del público. Ganó por mucho a la comunidad local. En Apolo 2, en 2012, el séquito era 100% español y fan de la banda. Bóveda, esta vez, se convirtió en algo más parecido un festival de verano en miniatura. El rollo más bailable, y de estar allí por más por la fiesta que por ver a un grupo concreto, se impuso a la impaciencia por ver a la banda cabeza de cartel. Parte de culpa, hay que decirlo, lo tienen los dos teloneros de The Maine. Personalmente, suele darnos pereza encontrarnos con dos -¡o tres!- teloneros en una gira. Un telonero y que salgan los protagonistas es lo que más nos pone. No esperábamos ni el rollo “garajero” ni siniestro de ambos acompañantes. Technicolors, sabedores de que el camino de sus canciones es claro, supo hacer cambios entre el garage y el rock. Te olvidas del móvil con bandas así. Por su lado, Night Riots, post-punk sensual y cercano, supieron hacerse íntimos en los 20 y pico minutos que tuvieron de set.

Por fin, cuando The Maine, puntuales, saltaron a las tablas, surgió, evidentemente, una mayoría de espectadores señalando a sus héroes, y empezando a cantar las canciones con los primeros acordes. Los de Tempe tienen, en nuestra opinión, dos caras: una más “teen”, y otra más acorde, quizá, con su edad real. La primera, por su lado, se mantuvo más tiempo en el baúl, y sólo asomó en momentos como “Girls Do What They Want”, una canción despechada y de colofón, una de las pocas ocasiones en que el objetivo era sentirse con menos de 20 años. Tres afortunados fans subieron con John O'Calaghan para entonar los coros, dicho sea de paso. En otros momentos, la selección de The Maine se inclinó claramente hacia la vertiente más reflexiva, de sutilezas, y de darle importancia a toda la canción, en lugar de a los golpes de efecto provocados, básicamente, por los estribillos. Algo muy presente en su último trabajo y en “Forever Halloween”.

No obstante, para los que somos más de petarlo y venirnos muy arriba en un excelente estribillo, no echamos en falta los cohetes de “American Candy”, “Can't Stop Wan't Stop” o el brillante “Pioneer”, porque al final tuvieron sus minutos. El ejemplo es “My Heroine”, de este último. Deudora de Def Leppard, la canción, ya de por sí, es un plato que contiene todos los ingredientes favoritos de cualquier fan de los air guitar, y fue una excusa perfecta para que la banda devolviera, de una tacada, el importe de la entrada. Liderada por Jared Monaco, un guitarrista que hay que subrayar ya, devolvió el concierto a la estampida humana que debe ser una cita en sala.

En cuanto a la mayoría del set, procedente de “Lovely Little Lonely”, la apuesta por hacer valer todo el camino en lugar de agazaparse y soltar la bomba en los estribillos, se consolidó como la apuesta segura. La recordaremos; y oersonalmente lo haremos como una graduación de The Maine en nuestra península. Hay que tocar muy bien para que no haya que esforzarse en distinguir la variada oferta de estímulos melódicos que suelta esta banda. Pero aún es más difícil hacerlo sin que nos demos cuenta de que ya nos hemos sumergido en sus sutiles atmósferas. Sin luces ni parafernalia, Bóveda pasó a no tener techo, sí tener mucha luz y permitir desconectarnos de nuestras monocordes vidas para cantar un rato con este excelente grupo. Solo te devolvían del trance temas que te hacen pasarlo pipa como “Bad Behaivour”. ¡Qué bien escrita está!

Así, a The Maine le sobraron las palabras para explicar qué ha pasado estos últimos cinco años. De tocar bien y ya teniendo un frontman muy cariñoso con su voz y sus discos, a ofrecer una locomotora que te invita a subirse e ir con ella donde sea. The Maine conocen el punto en que respetar las normas del género te permite no sonar a refrito y, encima, poner un grano de arena a la evolución del mismo. Nos es muy difícil catalogar el pop punk muy pop de flequillos y ropas de marca. Pero The Maine ha sabido convencer a más de un purista, capaz de pagar una entrada si esta incluye solos de guitarra que te desconectan de todo y te hacen sentir, sí, agradecido con el fin de semana. Por raro que sea, curres o no ese día, o se vaya todo a tomar por saco.

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