Sábado 08 de Agosto del 2020
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Publicado hace 2 años
Artículo de Opinión
De Operación Triunfo y talent shows

Cuando finalmente decidimos ponernos a escribir acerca del fenómeno Operación Triunfo que se está viviendo desde finales de 2017, una sensación de déjà vu se apoderó por completo de nosotros. Todo lo que se puede leer, observar, y escuchar estos días -o, mejor dicho, semanas-, ya lo vivimos hace 17 años. Quizá no las generaciones más jóvenes, por cuestiones evidentes, pero sí aquellos que ya contamos algunas décadas en el DNI. Cambian las caras, cambian las modas, pero… no cambia nada. El mismo planteamiento que produce las mismas reacciones, las mismas críticas y los mismos argumentos… que emplea el mismo tipo de cebo, la misma tendencia a recurrir a lo emocional y al ‘sob-show’ y, en esencia, que provoca el mismo debate público. Y cuando uno echa la vista hacia atrás, cuesta entender -y, sobre todo, asimilar-, el hecho de tener la certeza de que no hemos aprendido nada. Y no nos referimos exclusivamente al aspecto musical o comercial del planteamiento del programa –que también-, sino al debate de fondo. A lo que arrastra consigo este tipo de formatos, que es lo que verdaderamente importa.

Es complejo adentrarse en todo este asunto de los ‘talent shows’ orientados exclusivamente a la música – no sólo OT, dicho sea de paso-, porque hay que saber discernir dos aspectos que, aunque en un principio tratemos de separar, deben entenderse como un todo, porque es así como funcionan en última instancia: como una máquina perfectamente engrasada. Y, claro, llevar a cabo un análisis de ese tipo requiere dos cosas: tener ganas de hacerlo, y estar en condiciones de hacerlo; algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer, o algo para lo que no todo el mundo está preparado. Si a esto le sumamos que todo aquello que tiene que ver con la música, independientemente de lo comercial que sea o del género que trate, acaba tocándonos una parte totalmente visceral de nuestro ser, la cosa se complica todavía más, porque ahí no hay razón que valga, ya que obedece y responde al modo en que cada uno la vive o experimenta. Pero creemos que hay que hacerlo. Es necesario y sano tratar de adoptar una visión crítica y salirse del ruido, para poder hablar y debatir sobre los ‘talent shows’, aunque sólo sea por aquello de poner en negro sobre blanco todas las ideas que se nos vienen a la mente ante el aluvión de argumentos cruzados entre los que idolatran el formato y los que lo detestan.

Así que vayamos al grano –aunque va a costar, porque hay muchos factores a tener en cuenta-. Lo primero de todo, como decíamos anteriormente, es distinguir dos aspectos: por un lado, hay que saber valorar el talento y las cualidades de las personas que se seleccionan para este tipo de concursos, que es algo bastante sencillo de detectar. Es decir, por lo que podemos observar, hay chicos y chicas con un instrumento en su haber muy potente; son personas poseedoras de voces que, en muchos casos, deben tener salida y deben aplicarse y formarse para su dedicación a la música. Pero no a toda costa. La clave está en el cómo y hacia dónde. En este sentido, uno de los ejemplos que siempre se nos viene a la mente es el de Rosa López, una de las participantes de la primera edición de OT. Su voz es impresionante, tiene dejes negros y una potencia descomunal. Posee matices muy personales que pueden apreciarse desde el primer casting que realizó para acceder a dicho programa. Y eso es algo indiscutible, porque lo puedes escuchar cuando quieras. Rosa podría haber sido una cantante de blues y soul como la copa de un pino, preferencia que mostró -y ha mostrado no hace mucho- en más de una ocasión. Podría haber sido una auténtica diva del género, una referencia del mismo –y probablemente a nivel internacional-. Pero algo se quedó en el camino, al menos en lo que se refiere a la carrera discográfica que otros tenían preparada para ella.

Y por otro lado, llegamos al punto en el que chocamos con la cara B del asunto, con el otro aspecto de toda esta historia, en el que se observa con rotunda claridad cómo este tipo de programas –y, sobre todo, las estructuras que están detrás de ellos- son los que, aprovechando la ilusión, la inocencia y las ganas de estos concursantes –también el desconocimiento, en muchos casos-, los moldean hacia direcciones bastante cuestionables que, naturalmente, obedecen y satisfacen única y exclusivamente las necesidades de la industria discográfica, capitaneada por grandes multinacionales y corporaciones audiovisuales.

Así, y por seguir con el ejemplo de Rosa, su carrera discográfica, iniciada en ValeMusic -compañía que editaría todo el material discográfico derivado del transcurso del concurso, y absorbida posteriormente por Universal-, derivó hacia un tipo de música que nada tiene que ver con el talento natural que desprendía su voz, ni con los gustos personales que ha mostrado en tantas ocasiones. Pero es que, además, desde dentro, se le incitó a llevar a cabo ciertas ‘transformaciones’ físicas porque… claro, a la industria no le gusta ver según qué físicos. Un desperdicio de talento en toda regla, aunque un más que probable pelotazo comercial. Que sí, que es válido, y que es un modo de vida la mar de digno. Pero va totalmente en contra de lo que muchos entendemos que debería ser la música, y, sobre todo, en contra del modo en que creemos que deberían funcionar las cosas a nivel de industria musical, que debería estar más preocupada por la libre expresión de talentos, y no por la manipulación de los mismos.

Y este es un ejemplo extensible a casi todos los casos que uno pueda encontrarse a lo largo de todas las ediciones de OT y ‘talent shows’ similares. La impresión que acabamos teniendo de ellos es la de que sólo sirven para secuestrar talentos y transformarlos en aquellos tipos de artista que retroalimentan a una industria que vive, precisamente, de ese tipo de música; que se nutre a base de tendencias, que clona perfiles que luego, si no encajan en otra moda o tendencia, desechan sin problema. Utilizan a esas personas para servir a sus propios intereses. Ni más, ni menos. Podrán disfrazarlo y adornarlo con sentimentalismo barato, buen rollo y cierto toque cultureta –ahí tenemos a Guille Milkyway como adalid de la cultura musical en OT 2017… que baje Dios y lo vea, con perdón-, pero el lobo, aunque se vista de cordero, seguirá siendo un lobo.

Aunque, si lo piensas, nada de esto nos viene de primeras. En nuestro país hemos tenido casos en los que, no hace mucho, algunas bandas de punkrock y punkpop fueron utilizadas con este propósito. ¿Recordáis cuando a principios de los años 2000 el punkpop tuvo algo de seguimiento en España? ¿No recordáis también que hubo algunas bandas que fueron contratadas por alguna multinacional y que acabaron diluidas por su más que evidente manipulación y giro hacia el pop, y posteriormente abandonadas a su suerte? ¿No recordáis a algunos grupos de rock y punkpop siendo totalmente llevados hacia terrenos claramente destinados a la radiofórmula o plagiando, directamente, a bandas extranjeras? Seguro que sí. La industria lo tenía claro: había que parecer ‘malote’, aprovechar la imagen, pero ser totalmente inofensivos –musicalmente hablando, se entiende-, para atraer a un público muy joven y, más concretamente, femenino –otro debate interesante, ese-.

¿Y no recordáis lo mucho que todos, en algún momento, nos hemos quejado de todo este fenómeno –por no llamarlo circo-? Bien, pues esto que está ocurriendo con Operación Triunfo es algo muy similar, aunque con matices que, en esencia, tampoco son demasiado relevantes para entender la cuestión de fondo. Está sucediendo en nuestras narices, pero a mayor escala y sin el precedente de haber tenido contacto, siquiera, con el underground. Pasando –casi- directos desde la cuna, hacia la factoría, no vaya a ser que alguno de estos jovenzuelos se ‘contamine’ de lo que se cuece en otros estratos de la música, o en el panorama underground, y empiece a tener otras inquietudes.

Pero bien… veamos, por fin, a dónde queremos llegar. Lo que pretendemos es llevar a cabo una reflexión muy sencilla, siempre desde el respeto hacia todas las partes y entendiendo que nuestra opinión es una más. Y es la siguiente: podemos llegar a entender que la vertiente más comercial, manipulada y plana de la música –la música de despacho, como la denomina Santiago Auserón- tenga su público, que sea un producto de consumo rápido, y que, incluso, exista. Sería equiparable a la existencia de la comida basura: sabemos que está ahí, que es veneno, y que en su elaboración existen procesos cuestionables, pero se consume. Y todos somos conscientes de que, lo lógico, sería ir reduciendo su consumo y hacerla desaparecer. Pues bien, en el caso que no ocupa ocurre lo mismo.

Sin embargo, lo que más nos cuesta comprender, es observar cómo algunos sectores y personas que, tradicionalmente, han estado en el lado más underground e independiente de la música, que han sudado sangre para poder hacerse un hueco como artistas –por pequeño que sea-, y que tienen un bagaje cultural musical enorme, ahora apoyan y tragan sin ningún tipo de problema este tipo de formatos, amparándose casi de un modo exclusivo en el talento de los participantes, y obviando la cara B a la que aludíamos anteriormente. Es algo que resulta francamente llamativo, y da el mismo miedo y pena que hace 17 años: miedo por el hecho de que la industria siga teniendo el poder suficiente para captar, moldear y seleccionar a una serie de talentos que, si no fuese de ese modo, jamás se hubiese molestado en prestar atención –y que tenga la capacidad de hacerlo año tras año-; y pena porque esos mismos talentos vayan a ser transformados en algo totalmente inocuo, sin identidad y clonado de alguna otra cosa que, en este momento, está funcionando comercialmente.

Pero lo que más miedo nos da es que haya algunos sectores desde los que OT –y su modus operandi- se esté elevado al nivel de cultura popular –que, además, se incrusta en un formato relacionado con el reality show-. Pues no, rotundamente no: es falso que esto tenga algo que ver con nuestra cultura popular, pero, sobre todo, es peligroso llegar a creérselo. La cultura popular es otra cosa –y muy especialmente la que hace referencia a la música-; y la que concierne a nuestro país y a nuestras regiones y sus distintas identidades, es algo mucho más complejo que un mero producto televisivo enfocado al negocio. Esto es simple y llanamente negocio y explotación de una fórmula. Show business. Crear artistas con perfiles-clon para usarlos y, cuando convenga, tirarlos; momento en el que serán reemplazados por el clon de turno, proveniente, claro está, de otro talent show.

Y es importante que lo llamemos por su nombre porque, aunque todo esto ahora pueda parecer algo inocente y entretenido –no vamos a negar que tenga cierto potencial para el entretenimiento-, quizá en un futuro muy próximo habrá que recordar que de estos polvos nos vienen otros lodos, como ya ha sucedido en el pasado, por cierto. O quizá haya que hacer un ejercicio de memoria urgente, ya, en el presente, y volver a reflexionar acerca de las trabas que las bandas y artistas locales –de entre las que hay muchas, de muy diversos géneros, con un tremendo talento y potencial- se encuentran para poder poner en valor su trabajo y su directo en un garito cualquiera -precisamente porque las empresas y multinacionales más potentes les dan la espalda día tras día, y no hay apenas una estructura, ni cultura popular, que respalde nada-. O quizá haya que recordar lo tremendamente complicado que lo tiene cualquier pequeña promotora o sello modesto para salir adelante.

Porque hay que tener muy presente que esas mismas compañías multinacionales, que sacan pecho con este tipo de programas, en la vida real no se molestan en recibir -ni, mucho menos, en escuchar- el material que un grupo pueda intentar enviar a alguna de sus oficinas, independientemente del estilo que practiquen. Habrá que recordar que esas mismas estructuras y compañías que utilizan, programan, manipulan y explotan a esos talentos que aparecen hoy en televisión -y que un día decidieron presentarse a su casting-, son las mismas que vapulean y ningunean a los artistas menos mainstream –algunos de los cuales, insisto, hoy, inexplicablemente defienden estos planteamientos-, que aplastan a los sellos independientes, o que hacen el vacío a artistas que, en algún momento, decidieron no pasar por ciertos aros. Porque si no lo hacemos, luego vendrán las lamentaciones. Legítimas, sin duda –porque todo el mundo tiene derecho a quejarse de lo que le pique-, pero totalmente desautorizadas si, previamente, no se ha hecho un ejercicio de retrospección y autocrítica. Es una cuestión de coherencia. Perder la perspectiva y obviar la certeza de que en todo esto hay una causa y un efecto estrechamente relacionados que nos afecta, y nos lleva en una dirección y no en otra, es de una ingenuidad pasmosa. Quizá las generaciones más jóvenes que mencionábamos antes aún no tengan la perspectiva necesaria para darse cuenta de todo esto –máxime en un momento en el que la cultura del rock y de la banda musical está bajo mínimos, y en el que el modo de ‘consumir’ música se ha convertido en una vorágine atroz-, pero si contribuimos a que estos programas sigan alimentando a la bestia… que nadie luego espere nada, ni espere que la situación mejore, porque no habremos contribuido a educar lo suficiente, ni habremos sido consecuentes con nuestras ideas.

Convendría, quizá, recuperar a referentes como Dave Grohl (Nirvana, Foo Fighters), Gorka Urbizu (Berri Txarrak, Peiremans, Katamalo) o Santiago Auserón (Radio Futura, Juan Perro), que han criticado y critican abiertamente a los ‘talent shows’ y a algunos aspectos de la industria musical; gente que conoce muy bien de qué va todo esto a distintos niveles. Personas que, como suelen decir los anglosajones… “been there, done that”. Que se criaron en el underground, que conquistaron el mainstream –o se acercaron a él-, y que, de algún modo, han ido tomando una serie de decisiones que les han llevado a distintas situaciones como músicos, pero con un punto en común: la toma de consciencia ante la situación real que se esconde entre bambalinas, la consecuente toma de control de sus carreras y, en algún momento de ellas, la autogestión más absoluta como modo de supervivencia artística ante la industria. Como forma de preservar la identidad y, en muchos casos, la dignidad.

Claro que, esto último no es algo sencillo, porque implica mucho aprendizaje que, frecuentemente, va ligado a batacazos considerables, de todo tipo y forma que uno pueda imaginar. Y eso, suponemos, es algo reservado sólo a los talentos más potentes y perseverantes. A aquellos que ya vienen con las ideas claras. No obstante, cabe recordar algo… cuando existe un problema, y uno es consciente del mismo, pero no hace nada para remediarlo, amortiguarlo o no alimentarlo, se está convirtiendo en parte activa de ese problema. Y ese problema, aquí, es uno y muy pernicioso: la conversión definitiva de la música en un producto de consumo rápido, sin ningún tipo de mensaje, y de escaso valor.

A partir de aquí, que cada uno adopte la postura que crea conveniente, pero que lo haga desde la reflexión más calmada, y, sobre todo, sabiendo qué consecuencias tiene.

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